Pocas cosas son tan peligrosas como unos cuarentones con instrumentos musicales un domingo en la tarde. Para mí, los domingos hacia las seis de la tarde son momentos deprimentes que, por alguna razón, siempre relaciono con Eye in the Sky de The Alan Parsons Project.
Ubu Reynold presenta su sencillo Satélite, una oscura reflexión sobre cómo giramos en torno a un cuerpo planetario mayor, sin voluntad propia y atados a una gravedad que no controlamos.
La banda está conformada por músicos con trayectoria en la escena independiente que decidieron retomar y expresar su arte. Su principal objetivo es hacernos bailar y lograr que los conciertos de rock vuelvan a ser sexis.
Entre sus influencias citan nombres tan elegantes como The Brian Jonestown Massacre, The Stooges, Los Tres, Jon Spencer Blues Explosion, The Velvet Underground, The Greenhornes, Natural Child, Creedence Clearwater Revival y The Beatles.
Hablamos con Esteban Uribe, guitarrista y vocalista de la agrupación. Conversamos sobre el rock en la madurez, las expectativas de la banda, las sonoridades que los mueven y, claro, el temor a la muerte.
Habiendo tocado en tantas bandas, ¿no les dieron ganas de cuidar a sus nietos y dejar esto atrás?
Creo que vamos a terminar incorporando a nuestros nietos. Ya les enseñé a poner vinilos a mis dos hijas; la educación ya comenzó. Aspiro a que nuestros nietos sean quienes nos reemplacen.
Ubu Reynold está conformado por músicos que vienen de bandas independientes con cierto reconocimiento. ¿Qué los motivó a unirse?
Muchos nos conocemos desde hace mucho tiempo. Tenemos a Daniel Zambrano, de Nanook El Último Esquimal, y Andrés Silva, con quién tuvimos una banda llamada Barbitúricos.
Todo surgió porque había una inconformidad. Nos preguntábamos por qué ya no había cosas con tripa. ¿Por qué la gente se ha vuelto tan complaciente con la música? Y no me refiero a los decibeles o al volumen. ¿Por qué todo está tan seguro?
Me dije que quería volver a hacer una banda. Empezamos como «la banda de los domingos». Poco a poco fue evolucionando y comenzamos a disfrutarlo mucho. Tocábamos aquí y allá y la respuesta del público era interesante. Más interesante aún era que también había gente que se sentía incómoda. Ahí decidimos que había futuro para tomarnos esto más en serio y no dejarlo como un simple hobby dominical.
Hacemos covers porque el rock and roll está construido sobre los covers. Sin embargo, tocamos material propio en un 90 %. Hablamos de nuestros demonios, el centro de Bogotá, los perros calientes y, por alguna razón, de bailar. Queríamos mover los pies y sentir la misma excitación que sentíamos cuando éramos jóvenes.
Mencionan influencias muy interesantes, aunque algo ajenas al rock colombiano. ¿Cómo hacemos para que el rockero colombiano coja buen gusto?
El buen gusto es relativo. El rock and roll es el mal gusto en tu cara.
Más allá del buen o mal gusto, lo importante es que la música haga mover los pies. En Bogotá el rock suele asociarse principalmente con el metal, una escena importantísima para la ciudad.
A la gente se le ha olvidado que el rock and roll debe volver a ser sexy. Con todo el respeto por el metal, nosotros no somos eso y ya hay mucho de eso. Nos interesa que las personas muevan las caderas, sientan el flow y se sientan jóvenes y vivas.
Entre sus referentes está The Brian Jonestown Massacre. ¿Manejan un ambiente laboral similar?
Hemos querido cascar al panderetero porque se equivocó en un par de notas.
Creo que esa era una de las razones por las cuales la gente iba a ver a esa banda. Entiendo que recientemente se dieron en la jeta y no sé si siguen activos.
No hay manera de replicar una banda. Lo que sí tenemos es que somos muy burleteros y nos reímos mucho de nosotros mismos. Todavía no hemos llegado a los puños, aunque de pronto algún día.
¿Qué les gustaría hacer con la banda?
Somos conscientes de las limitaciones que tiene la música actualmente. Nos gustaría vivir de esto. Somos rocanroleros de alma y vamos a morir así.
Vamos a sacar Mambo, nuestro primer LP. Después de eso queremos empezar a conquistar mercados hispanohablantes. Sabemos que lo que hacemos puede conectar con públicos argentinos o mexicanos. Queremos abrirnos a esa posibilidad porque cantamos en español.
Me encanta que no nieguen a los Beatles, porque a mucha gente le da pena aceptar que le gustan. ¿Cuál es la magia de los Beatles?
The Rolling Stones son rock and roll y me encantan, pero The Beatles son magia. Están por encima del bien y del mal. Fueron quienes introdujeron la psicodelia en el mainstream a finales de los años sesenta.
Crecí con The Beatles. Mi papá es rocanrolero. De niño escuchaba a The Doors, Elvis Presley y The Beatles. Para mí es música de cuna.
Voy a decir algo turbio: escuchar Helter Skelter es recordar mi niñez (risas).
Dicen que los Beatles sembraron las bases de la música pop, y es cierto, pero también las del metal. El pop es una chimba; el rock and roll fue pop. La razón por la que trascendieron es que fueron versátiles y no le comieron a ningún ismo. Hacían lo que se les daba la gana. Eso es punk.
¿Cuál es tu Beatle favorito?
Cuando era más joven era John Lennon. Ahora estoy comenzando a reconocer que Paul McCartney es una chimba. Todo lo de Wings es divino.
Me gusta que asumiera con valentía que escribía canciones de amor. Él y Lennon tenían una relación mediática curiosa: se daban duro, pero también se querían mucho.
Inicialmente era Lennon porque sentía que era quien tenía el picante: estaba atormentado, era antisistema y poeta. Ahora, llegando a la mitad de mis cuarenta, estoy entendiendo que McCartney es una chimba. Cuando llegue a los ochenta voy a reconocer que Ringo Starr también lo es.
Satélite es una canción profundamente política. ¿Creen que la humanidad tiene futuro?
Creo que la paternidad lo cambia a uno. El deseo de tener un mejor porvenir para los hijos hace que uno se vuelva un poco optimista.
Tiene que ver con la letra de la canción. Orbitamos dentro de una gravedad que no controlamos. Tampoco hay que tomárselo todo de forma tan frontal o literal. A veces estamos adormilados y de repente llega un corrientazo que nos hace entender mejor las cosas. Quizás ahí nos volvemos más políticos e incisivos.
La vida es verso, coro y verso.
La humanidad es parecida. Hay momentos mejores y otros peores. En este momento las cosas están bastante mal. El rock and roll siempre ha sido la punta de lanza de la subversión o, al menos, de la inconformidad. Ser rockero no nos convierte necesariamente en radicales.
Si unimos lo que expresa la canción con la coyuntura política, podríamos decir que la humanidad atraviesa un momento de aridez, malos líderes y pocas esperanzas. Pero eventualmente regresará ese momento en que la gente pueda volver a soñar.
La muerte del ego deja de importar tanto cuando uno es padre. Es bonito perderle el miedo a la muerte. La muerte es sexy, no en un sentido suicida, sino porque asumirla es una manera de disfrutar más la vida.
Tienen un muy buen video. ¿Qué nos pueden contar sobre él?
Yo lo dirigí y, además, estaba cantando, así que se me hizo muy difícil.
Teníamos un equipo muy pequeño, pero muy bueno. Gracias a Notarios, donde trabajo, por ayudarnos a sacar adelante el video.
También a Cristian Mendoza en la dirección de fotografía, César Amado en la producción, Susana Botero en la dirección de arte y Julián, quien fue mi asistente de dirección.
Es un video deliberadamente cochino, callejero y decadente. No queríamos hacer nada que se alineara con los cánones tradicionales de belleza.
Hablamos del sencillo, del disco y de buscar nuevos mercados. ¿Qué más puede pasar con Ubu Reynold en lo que resta del año?
La prioridad es terminar el disco para que la gente nos conozca. Ya sabemos por dónde va la cosa. Queremos terminarlo y ponernos a tocar.
Entre más de mala muerte sea el bar, mejor. Entre más cerca tengamos al público, mejor.





