Mariana Rondón: “Dirigir también es darle voz a quien no la tiene”
julio 8, 2026
Por Sono

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Mariana Rondón: “Cuando la política ocupa todos los espacios de un país, es imposible contar otra cosa”

El cine político en Latinoamérica ha encontrado múltiples formas de expresarse. La comedia, el terror, el drama o el thriller han servido como vehículos para narrar la relación —muchas veces conflictiva— entre las personas y el poder.

Mariana Rondón estuvo en Bogotá como jurado de los proyectos de largometraje de ficción del Bogotá Audiovisual Market (BAM). Considerada una de las cineastas venezolanas de mayor reconocimiento internacional, habló con nosotros sobre política, polarización, migración y el presente del cine venezolano.

Ganadora de importantes premios internacionales, directora de Pelo malo y codirectora, junto a Marité Ugas, de siete películas, su trato cercano y sensible contrasta con la dureza de los temas que aborda en su filmografía.

¿Qué vienes a hacer al BAM?

Vine como jurado de los proyectos colombianos de largometraje de ficción. Hice parte de un equipo con el que seleccionamos los proyectos y ahora tendremos reuniones con quienes fueron aceptados.

¿Cómo has visto los proyectos que te han mostrado?

Me encantó la posibilidad de leer proyectos de los vecinos más cercanos que tenemos, de lo que podría parecerse más a mi casa. Es evidente que en Venezuela está muy difícil hacer cine, así que conocer lo que están haciendo los países vecinos resulta muy enriquecedor.

¿Cómo se trabaja filmando en Venezuela?

Hace muchos años el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía dejó de financiar proyectos, creo que hace más de diez años. Las personas que quieren hacer películas dentro del país tienen que hacerlo con muchísimo esfuerzo.

Hay muchas películas venezolanas «satélite», realizadas desde Italia, Chile o Perú.

Teníamos un festival de cine venezolano que llevaba 20 años funcionando. El año pasado tenía programadas unas 20 películas, casi todas hechas fuera del país, y fue cerrado en 2025.

Es una situación muy difícil. Lo más interesante es ver cómo tanta gente, desde dentro o desde fuera del país, sigue intentando contar historias sobre Venezuela.

El cine internacional parece haber ganado terreno frente a las grandes industrias. ¿Cómo ves este fenómeno del cine de autor?

Yo creo que siempre ha existido un cine muy bueno. La diferencia está en que existan ventanas para que pueda ser visto. Esa es la verdadera batalla: que el público tenga acceso al cine que no pertenece a la gran industria.

Trabajaste con Natalia Reyes y Edgar Ramírez. ¿Hay una diferencia real entre los actores con experiencia en Hollywood y los que no?

La única diferencia que veo, porque ellos son tan buenos como los demás, es que además suelen asumir un rol como productores de las películas. Eso les permite impulsar la promoción y ayudar a que las obras lleguen a un público mucho más amplio. Esa sí es una gran diferencia.

¿Cómo es el trabajo con Marité Ugas después de siete películas?

En la primera película juramos matarnos y nos dijimos que nunca más volveríamos a trabajar juntas.

Después decidimos seguir colaborando, pero dividiéndonos las funciones: cuando una produce, la otra dirige.

Con el tiempo, en las películas que ya no dirigíamos juntas, aprendimos a compartir el monitor. Así que cuando llegó Aún es de noche en Caracas y nos propusieron codirigirla, resultó muy fácil.

Ya habíamos aprendido a dejar los egos de lado. Solo necesitábamos que la historia fuera urgente e importante.

Rodrigo Sorogoyen dice que dirigir es divertirse. ¿Qué significa dirigir para ti?

Aún es de noche en Caracas nos llevó de un extremo al otro. Estaba el placer de construir escenas muy complejas y de contar una historia que sentíamos necesaria.

Pero también hubo momentos muy dolorosos. Pedimos que todos los extras de las manifestaciones fueran venezolanos y llegaron cerca de 200 jóvenes.

Cuando decíamos «corte», ellos no podían detenerse. Estaban reviviendo experiencias que habían vivido en carne propia, representándose a sí mismos.

Había que abrazarlos, contenerlos y protegerlos de nosotros y de ellos mismos.

Sí, dirigir también es divertirse. Pero, sobre todo, es darle voz a quien no la tendría de otra manera. Es sostener a quienes nos necesitan.

¿Cómo se sostiene uno en un mundo tan polarizado y agresivo como el actual?

Llevo alrededor de 13 o 14 años viviendo esto de una forma muy radical.

Nuestras películas siempre han abordado la política desde la manera en que nosotras la entendemos: observar cómo las decisiones del poder afectan la intimidad de las personas.

Nos han atacado desde todos los frentes. Y creo que eso también significa que algo estamos haciendo bien. A alguien le incomoda profundamente lo que hacemos.

Es difícil de sostener. Puede ser bueno para la obra, pero en lo personal resulta muy duro.

Imagínate presentar una película en Barcelona y que el cónsul de tu propio país te agreda. Son situaciones muy violentas.

Ahí entiendes que haces cine político, aunque tu intención haya sido hacer un cine más poético que político.

Ustedes hacen comedia o thriller, pero siempre regresan al tema político. ¿Qué te conecta tanto con él?

No veo la política como un género. La entiendo como una sensibilidad frente al poder.

Cuando la política invade todos los espacios de un país, ya no existe la posibilidad de mirar hacia otro lado.

Para mí es imposible contar quién soy, quiénes son las personas que conozco o cómo vivimos, sin hablar de la manera en que el poder transforma la vida cotidiana.

¿Qué te satisface más: la acogida de la crítica con Pelo malo o la respuesta del público a Aún es de noche en Caracas?

Es como preguntarme a cuál hijo quiero más.

Las dos cosas son importantes.

Me gustaría que todas nuestras películas pudieran verse con la misma facilidad, sin necesidad de hacer obras complacientes para llegar al público.

Quisiera poder seguir hablando de temas difíciles, complejos y dolorosos, y que aun así esas películas encuentren espectadores.

Creo que ambas han tenido una muy buena recepción, aunque de maneras distintas.

Aún es de noche en Caracas todavía no se ha distribuido en todo el mundo; solo ha llegado a Latinoamérica. En cambio, Pelo malo sí recorrió prácticamente todos los territorios.

«Es lo mismo, pero diferente», como diría algún filósofo mexicano de la comedia.

¿Qué películas venezolanas le recomiendas al público para conocer el cine de su país?

Araya, El pez que fuma, Desde allá, La familia, Reverón y todo el cine de Diego Rísquez.

Aunque lo que más me entusiasma son las películas que están por venir, hechas por cineastas jóvenes que luchan por crear desde el exilio o desde condiciones muy difíciles y que, aun así, logran sacar adelante sus proyectos.

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