Pavel Pawlikowski es el guionista y director polaco más destacado del cine contemporáneo internacional. Estrena en Colombia Fatherland (La tierra de mi padre), una historia ligada a la posguerra, un tema que lo apasiona y al que ha dedicado capítulos importantes de su obra.
Pawlikowski alcanzó reconocimiento mundial con Ida (2013), película que ganó el Óscar a mejor película extranjera. La historia de una joven novicia que, antes de tomar sus votos, descubre los secretos de su pasado. Finalmente hayando la libertad en el rock. Su siguiente gran película fue Cold War, un romance prohibido amparado por el jazz.
Ahora, el director nos cuenta la historia del intelectual Thomas Mann y su hija Erika, durante un recorrido por las dos Alemanias después de la Segunda Guerra Mundial.
Lee nuestra reseña de La invitación.
La tierra de mi padre
Thomas Mann fue una voz autorizada y respetada durante la primera mitad del siglo XX. Salió de Alemania en 1933 y se radicó en Francia. Sus libros fueron quemados y prohibidos por el régimen nazi.
Su postura política evolucionó desde un conservadurismo nacionalista hasta una crítica feroz del nazismo, al que consideraba una amenaza para su país.
Mann (Hanns Zischler) es invitado a Alemania para ofrecer unas conferencias y respaldar, al menos simbólicamente, la legitimidad de los gobiernos que ahora controlan el país: el estadounidense en Occidente y el soviético en Oriente. Lo acompaña su hija/chofer/asistente Erika (Sandra Hüller)
Llegan a una nación arrasada por la guerra, empobrecida y sometida a las decisiones de las potencias vencedoras. Ambos pertenecen a una élite intelectual que ha logrado sortear los cambios políticos y conserva privilegios que buena parte de la población ha perdido.
Mann es utilizado como una figura de prestigio para convencer a la opinión pública de la necesidad de dejar atrás el nazismo y aceptar el nuevo orden político. Su presencia sirve para legitimar a los nuevos gobernantes, aunque sus intereses no necesariamente coincidan con los de la población alemana.
Fatherland, el musical
Mientras el jazz más bailable ameniza los salones de lujo de Alemania Occidental, la música marcial y los coros militares alimentan el orgullo de Alemania Oriental. La música funciona como un reflejo de las diferencias ideológicas y culturales entre los dos bloques.
En una conexión con su universo cinematográfico, Joanna Kulig, protagonista de Cold War, reaparece como una cantante que ameniza extensamente una recepción en honor de Mann.
Fatherland dedica largas secuencias a estos actos musicales. Entre ellas destaca una hermosa y concluyente escena en la que la música de Bach se convierte en una afirmación de la identidad alemana, frente a las interpretaciones impuestas por las potencias extranjeras. Jesus bleibet meine Freude suena en un viejo piano de iglesia, en un momento cargado de simbolismo.
Marcin Masecki, quien ya había trabajado con Pawlikowski en Cold War, presenta una composición sólida que combina elementos clásicos con sonoridades más contemporáneas. Su trabajo acompaña la atmósfera de la película y refuerza el contraste entre la tradición cultural y las nuevas estructuras de poder.
Mickey Mouse contra Stalin
Los estadounidenses y los soviéticos se reparten Alemania y necesitan una figura respetada que contribuya a legitimar su presencia. Thomas Mann termina convertido en un instrumento de propaganda, invitado por gobiernos que buscan apaciguar a la opinión pública y contener el descontento.
Como sucede con otros personajes y símbolos nacionales, su prestigio es utilizado para disimular las arbitrariedades de quienes ejercen el poder. La película plantea así una crítica a los mecanismos con los que los gobiernos instrumentalizan la cultura y el reconocimiento público para defender sus propios intereses.
Pawlikowski vuelve a trabajar con su director de fotografía habitual, Łukasz Żal, y recurre al encuadre cuadrado y al blanco y negro para ofrecer una nueva perspectiva sobre la historia que ha desarrollado a lo largo de su filmografía. Mientras muchos no sabemos que hacer con el espacio superior de las fotos, ellos lo disfrutan y lo usan para hacer más potentes los espacios.
Hanns Zischler interpreta a un Mann pragmático, distante y siempre en control de sus emociones. Sandra Hüller, por su parte, dota a Erika de matices más humanos, con momentos de ira, frustración y vulnerabilidad. Juntos construyen una relación que va entre la desaprobación, la complicidad y la ternura.
Tiempos oscuros en La tierra de mi padre
El fascismo no puede entenderse únicamente como una corriente política o económica. También se relaciona con el autoritarismo, la manipulación y las alianzas entre quienes concentran el poder. En Fatherland, estas contradicciones aparecen en el comportamiento de las potencias que ocupan Alemania y buscan obtener beneficios de su división.
Aunque representan ideologías enfrentadas, estadounidenses y soviéticos coinciden en su interés por controlar el territorio y administrar el relato sobre la derrota del nazismo. Pawlikowski encuentra en esa paradoja una oportunidad para cuestionar los discursos oficiales y las formas de dominación que sobrevienen a los cambios de régimen.
Ida fue un hito del cine mundial. Considero que Fatherland está un escalón por debajo, aunque no deja de ser una película bien narrada, con un ritmo contemplativo pero ágil, que conecta de manera coherente con el resto de la obra del director.
El encuadre y el blanco y negro ya no sorprenden tanto como en sus trabajos anteriores, pero siguen imprimiendo un sello visual distintivo. Esta búsqueda estética conecta con la obra de otros realizadores, como Alfonso Cuarón y Robert Eggers, interesados en explorar formatos y recursos visuales alternativos.
Fatherland se estrena en las salas de cine de Colombia el 22 de octubre.
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