Digger o un apocalipsis poco sutil
octubre 6, 2026
Por Manuel Estevez
Tom Cruise en Digger. Foto tomada de IMBD

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Las distopías han sido descritas reiteradamente en la ciencia ficción. Libros proféticos como 1984 o Un mundo feliz nos han hablado de sociedades represivas, futuros devastados y mundos dominados por sistemas de poder. También han inspirado películas de acción como El demoledor o Mad Max.

Digger es otra cosa.

Alejandro González Iñárritu plantea una versión contemporánea de la sátira política de Dr. Strangelove, mientras toma elementos visuales y de montaje que pueden recordar a Wes Anderson, Federico Fellini o Yorgos Lanthimos. Para completar el cuadro, recluta al Tom Cruise de Magnolia, muy lejos del héroe invulnerable al que nos tiene acostumbrados.

Es un montaje dentro de otro. Un apocalipsis tan cercano y posible que asusta. El dinero, la ambición y los discursos que los justifican construyen una parodia aterradora de un futuro que podría estar mucho más cerca de lo que pensamos.

Lee nuestra reseña de Una batalla tras otra.

La trama de Digger

Un Tom Cruise maquillado y lleno de prótesis de látex, interpreta a Digger Rockwell, un millonario ignorante, poco refinado, desalmado y ambicioso que, en su afán por extraer petróleo, provoca un desastre de proporciones bíblicas.

Digger encuentra aliados y enemigos entre las mismas personas que le han permitido desarrollar sus proyectos mediante la corrupción y el fraude. Las altas esferas del poder aparecen caricaturizadas como personajes idiotas, grotescos, ramplones y tan ridículos como peligrosos.

Un elenco lujoso

Detrás de Cruise está John Goodman, quien interpreta a un presidente vulgar, bruto y errático. No necesariamente se trata de una parodia directa de un gobernante específico, pero el personaje reúne elementos reconocibles: fanatismo religioso, codicia, inmoralidad y un nacionalismo trasnochado.

Riz Ahmed interpreta a Ganesh, director científico de seguridad de las empresas Rockwell. Su personaje evoluciona de la timidez a la desvergüenza a medida que adquiere importancia dentro de la trama.

Sandra Hüller despliega un talento para la ironía que parece innato, natural y casual. Es la banal hermana de Digger, una mujer con algo más de principios que el protagonista, pero sin demasiado interés en ayudar a nadie, ni siquiera a sí misma.

Sin duda, uno de los personajes más inquietantes está a cargo de Jesse Plemons. Un hombre repugnante que destila oscuridad en cada segundo que aparece en pantalla. Su caracterización recuerda a un integrante de una agrupación de rock de los años sesenta y mantiene una sonrisa inexpresiva que funciona como una clara alusión a la maldad.

En un giro de guion, la película revela que los personajes que hemos visto están relacionados con una representación dentro de la propia historia. El relato adquiere entonces una nueva dimensión y obliga a mirar de otra manera lo que acabamos de ver.

Cavando con Digger

Las élites que gobiernan el mundo aparecen como codiciosas, torpes, racistas y mentirosas. Su única función parece ser canalizar los esfuerzos colectivos hacia su propio beneficio.

Nada importa, excepto sus intereses.

Y así avanzamos entre tragedias ambientales, guerras por recursos y hombres ricos con poderes casi absolutos. Da miedo. Es un mundo sin buenos, con la humanidad en manos de sátrapas a quienes poco les interesa su bienestar.

La película funciona como un doble escenario construido con detalles mínimos que van hilando la narración. Es sorpresiva, cruel y poco empática.

Su dirección de arte es elaborada, ambiciosa y artesanal. La fotografía de Emmanuel Lubezki entra en competencia imaginaria con la de Janusz Kamiński, director de fotografía habitual de las películas de Steven Spielberg, para decidir quién consigue llevar más lejos los colores fríos de los exteriores.

Los decorados lucen sombríos, desordenados, estériles y agónicos. Todo parece diseñado para transmitir la sensación de un mundo que ya perdió buena parte de su capacidad de recuperación.

¿Digger, una simple parodia?

En otras épocas, el terror debía buscarse en castillos alejados o lugares inexplorados. Con el paso del tiempo, los miedos llegaron a nuestras ciudades y nuestras casas. Digger toca nuestra puerta de una manera poco sutil.

Es el recordatorio de nuestro insignificante papel en este mundo. Simplemente no importamos, a menos que estemos vinculados a algún círculo de poder.

Para Warner es un poco como Una batalla tras otra de este año. Tras su inminente fusión con Paramount, la productora tira cartuchos con este tipo de obras poco convencionales. En esta ocasión la respuesta de la crítica ha sido gris y poco entusiasta. La película ha sido llamada desastre.

Es una obra de autor y eso la hace valiosa en una cartelera comercial llena de películas intrascendentes y reestrenos. Iñárritu presenta un oasis frente a buena parte de la intrascendencia que ha marcado la cartelera del año en las salas de los centros comerciales.

La caracterización de Cruise no garantiza un reconocimiento o un mérito. El atlético actor se somete a este martitio para verse como un hombre descuidado, envejecido y desagradable. Ya sabemos que esto a veces funciona y otras no. El Churchill de Gary Oldman, fue premiado por el bagaje anterior del actor, el desempeño general y esto solo fue un celebrado accesorio técnico.

La traducción al español es espantosa y casi me hace abandonar la sala. ¿Por qué una película como esta tiene tan pocas funciones subtituladas? Una jerga fronteriza que destruye parte del trabajo de los actores. Hay que revisar eso y dejar de inventar tonterías.

Digger se estrenó el 1 de octubre en salas colombianas y sigue en cartelera.

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