Adelaida encuentra la forma de construir el noise desde el pop

El noise, el metal y otros sonidos fueron durante años fugitivos del mainstream. Música para outsiders, nerds y melómanos. Con el tiempo dejaron de ser territorios aislados. Se aliaron con el pop, se fusionaron con él y terminaron borrando muchas de sus fronteras.
La historia de Adelaida incluye giras por China y Japón y seis discos publicados en dieciséis años desde su fundación en Valparaíso. Un recorrido que los ha acercado, por afinidad más que por imitación, a Sonic Youth, Deerhunter o Boris.
Se definen entre el grunge, el shoegaze y el indie rock. Han sido eclécticos y en Discoclub vuelven a demostrarlo. Son catorce canciones supervisadas por Chris Koltay, ingeniero de sonido que ha trabajado con The War On Drugs, Jack White y otras figuras del rock alternativo.
El nombre del álbum despista. No hay nada de música de pista de baile aquí. El disco fue construido a distancia, con las ideas del vocalista y guitarrista Jurel Sónico desde Santiago y el resto de la banda trabajando desde Concepción. Completan Adelaida la bajista y cantante Anke Steinhofel, el guitarrista Joaquín Roa y el baterista Tomás Pérez.
Lo más determinante del sonido de Adelaida sigue siendo su anclaje al pop. Son conscientes de la producción, de las estructuras y de las fórmulas. Aunque desfiguran las canciones con capas de ruido, mantienen vivo ese vínculo. Ahí reside buena parte de la identidad de Discoclub.
Algunas canciones de Discoclub
Hundido abre el álbum. Su riff pesado y una armonía sencilla hacen pensar en algo más denso, pero pronto aparecen una voz melódica y un estribillo pegajoso. Es una primera advertencia de algo recurrente en el disco: cierto sentido emo.
La pieza que da nombre al álbum es como imaginar a Kevin Shields cantando a gritos. Conserva un sentido de la distorsión cercana a My Bloody Valentine, aunque con una composición más rítmica y menos pasiva.
Todo lo que sobra es rarísima. Me hizo pensar, al mismo tiempo, en The Stone Roses, Garbage y The Offspring. Tres referencias que parecen incompatibles, pero que aquí terminan encontrando un punto medio.
Invisible me recuerda algunos de los mejores momentos de The Gathering, una de mis bandas favoritas. La diferencia es que aquí no existe un cambio de matiz: la voz permanece en una lucha constante con la melodía de las guitarras.
Los acordes abiertos de Cordillera son preciosos. La tensión entre las voces, las rimas asonantes y la belleza que aparece en medio de la distorsión condensan buena parte de la propuesta de Adelaida.
El pop detrás de la distorsión
Discoclub es un álbum largo. Sus catorce canciones terminan formando un mismo bloque y, por momentos, se echa de menos un mayor contraste entre ellas. También resulta entretenido intentar descifrar unas letras que permanecen enterradas en la mezcla. Existencia, permanencia y desamor aparecen como temas recurrentes en un disco que confirma desde sus primeros minutos: detrás del ruido siempre hay canciones pop y mucha melodía.





