El pequeño universo de endorfinas
Rick Beato sostiene que el negocio musical ha sido absorbido por el poder económico, desplazando a la clase trabajadora durante los últimos 30 años.
En un video reciente, el músico y analista expone que al revisar las listas de éxitos, predominan jóvenes de entornos privilegiados y la posibilidad de trabajar con compositores y productores de alto nivel. Menciona, por ejemplo, a Gracie Abrams —hija del cineasta J.J. Abrams—, cuyo contenido aparece de forma insistente en nuestra publicidad programática.
También incluye a Sabrina Carpenter o Audrey Hobert y sus lazos familiares en la industria o al millonario padre de Taylor Swift, quien invirtió una gran suma de dinero al inicio de la carrera de la artista.
Beato denuncia un fenómeno que trasciende la música y afecta al cine, a las artes plásticas y a la vida en general: hoy, la popularidad pesa más que el talento. En este ecosistema, incluso el odio es rentable; hay quienes prosperan generando comentarios negativos solo para capturar un instante de atención.
La ilusión de elegir en el mercado de la atención
La manipulación es sistémica. Hace poco, el periodista Alejandro Marín presentaba un extracto del podcast On The Record de Bilboard donde se revelaba la contratación de personas reales para inflar la percepción de éxito en redes. El dato fue contundente: «Los primeros cien comentarios de cada video de Tiny Desk son pagados».
A esto se suman granjas de bots diseñadas para validar productos. No importa si una pizza lleva piña o borde de bocadillo; lo que importa es que millones de «aprobaciones» dirijan la decisión del consumidor.
Internet nos manipula porque hay capital de por medio. Nos hacen creer que elegimos nuestro contenido, cuando en realidad nos lo imponen, alimentando nuestro ego con la validación de la popularidad, sin importar la calidad de lo que compartimos.
A veces me cuestiono si mi gusto musical es realmente ecléctico o simplemente una imposición. Aunque quiero creer lo primero, sospecho que existe una conspiración que intenta convencernos de que el valor intelectual de un metalero aumenta si acepta al vallenato.
Algoritmos y amables recomendaciones
Ayer mis recomendaciones de novedades en Tidal incluían hip-hop, dance, country, indie rock y todas sonaban hechas con una fórmula, sin alma y preestablecidas. Solo me interesé en tres canciones al final porque sentí un sonido propio en ellas: Leash de Charly Kerr, Flying Objects de Glimmer and Gold y Wish You Werent de Idiota.
Hace unos días, TikTok me sugería crear contenido más vistoso que el de los artistas locales independientes. La inteligencia artificial, con una amabilidad inquietante, me ofrecía «inspiraciones» basadas en productos virales.
Me sentí en el régimen de Pekín o en el libro 1984 de George Orwell. Quizás no sea casualidad que termine amando el hip-hop búlgaro creyéndome original; detrás de cada tendencia está el dinero, el conjuro que mueve este pequeño universo de endorfinas.





